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miércoles, 16 de enero de 2019

Vamos a darle la vuelta al mundo (o a dar vuelta el mundo)


Solo pusimos dos condiciones para jugar: la primera, que había que mojarse la cabeza a cada rato; la segunda, que los equipos los armábamos entre todos. Es que claro, estábamos rondando el mediodía, el sol quemaba como esos corazones que se reflejaban en esas sonrisas contagiosas y maravillosas, alrededor de 30 grados y con las montañas de fondo que nos iluminaban no la vista sino la vida.

Si cerramos los ojos y no imaginamos algo mejor es porque sabemos que, siempre, hay un otro. Una otra. Un alguien más allá de nuestro ombligo. Y por eso escuchamos. Y por eso los prejuicios hay que dejarlos de lado. Y por eso levantamos la bandera de revolucionar todo. Si se transita ese camino es porque la sensibilidad juega un papel fundamental. La sensibilidad, eso. La sensibilidad es el gran atajo para ver esta vida demasiado mal diseñada como algo transformador.

No sé qué ni quiénes ni quién carajo va a tomar alguna vez, desde los lugares de poder, la decisión de que así las cosas no van. Lo que sí sé es que esperar quietos y quietas no es una opción. Que la indiferencia no es una opción. Porque no podemos permitirnos ser indiferentes, por ejemplo, a Thiaguito, a quien el Estado “no puede” garantizarle los medicamentos necesarios –con un costo de 4 mil pesos por mes- para tratar su retraso madurativo. A quien el Estado DECIDE no otorgarle el certificado de discapacidad porque eso conlleva beneficios para él como viajar gratis. Váyanse a la mierda.

4 mil pesos. 4 mil pesos. ¿Qué son 4 mil pesos? Nada (O para Thiago, mucho). Ahí un tema: ¿qué somos para el Estado? ¿Quiénes somos para los y las que toman decisiones?

Ese mismo Estado que “no puede” proveer algo básico como la salud es el mismo que recauda cientos de millones por su vínculo con las multinacionales mineras que destruyen nuestra tierra. Porque ahí nomás, en Huaco, a unos kilómetros de la escuela Calcagno, donde el sol al mediodía quemaba tanto como la pasión por pensar un mundo mejor, están funcionando las empresas saqueadoras que, primero, se llevan el oro y los minerales y, segundo, las ganancias. Para eso es inevitable transar con el, en este caso, gobierno provincial. Y volvamos a lo mismo: el Estado. “No puede” asignar 4 mil pesos pero sí da rienda suelta a los negociados. Mucho para los poderosos, nada para quienes lo necesitan.

El mismo Thiago que ahí lo vemos, sonriendo. Sonriendo después de jugar y correr. De sentir que era parte de algo. De sonreír porque eso es jugar, compartir. Sintiéndose, tal vez en ese momento, libre y uno más. Como cualquiera de los que jugamos ese partido. Perdón, la seguimos luego. Es momento de ir a mojarnos la cabeza.

La cultura del abrazo y la revolución


Un “te quiero”. Un beso. Un abrazo. Un “te voy a extrañar”. Un “no te vayas”. No busquen más. Si pensamos y nos creímos que la vida iba por otros carriles nos estamos equivocando. Allí está todo: en la capacidad y el sentir que tengamos de expresarnos, llorar, movilizarnos y poner el cuerpo en esta aventura llamada vivir.

Huaco tal vez resuma a la perfección, como esa canción que entona “el valor de vivir” que acompañamos con la guitarra, que es necesario romper con lógicas comunicacionales implantadas en las sociedades modernas. Porque estamos más comunicados pero menos informados. Así lo resumió una de las maestras de la escuela Calcagno durante el almuerzo despedida: “Nos relacionamos más por redes que persona a persona. Hay que estar contentos con este modo de vincularse”. Bienvenidos y bienvenidas. Esto es el Proyecto Malimán-Huaco. Y estamos orgullosos y orgullosas de ser así. 

Minutos antes, la misma docente casi que nos había dejado perplejos con algo tan simple como que “somos protagonistas de nuestras vidas”. Y no es todo: el director de la misma escuela, antes de cerrar el acto, expresó de manera tan natural pero que por tan natural que sea no deja de significar un enorme empuje en esta locura, que “en cada comienzo de ciclo lectivo los chicos y las chicas preguntan si este año viene el Mariano Acosta”. Y en cada caminata de escuela a escuela nos saludan y nos levantan las manos. Y ahí vamos. Y seguimos. Y seguiremos.

¿En serio a alguien se le pasa por la cabeza pensar esto como asistencialista? ¿En serio cree eso mientras pensamos, planteamos y discutimos en San Juan por qué usar el lenguaje inclusivo? ¿En serio es asistencialismo entender que las actividades deben estar marcadas por la Educación Sexual Integral? ¿Realmente lo ven de esa manera sin saber que desde este espacio buscamos becas para que quienes terminen el secundario puedan volar y no angustiarse? ¿Lo ven así aún sin codearse ni vivir lo que es hablar de por qué el aborto debe ser legal en una sociedad en la que la iglesia tiene una importancia imponente? ¿En serio cuando reflexionamos que “lo que importa es que el lenguaje inclusivo ponga en discusión algunas cosas”? ¿De verdad van a creer que, mientras el Estado, tan ausente como cómplice, gasta (porque, para quienes gobiernan, los pibes y las pibas son un gasto) apenas 15 pesos por día por cada alumno y alumna, sabiendo que las escuelas albergues deben hacer magia con eso, este laburo que hacemos no tiene un costado transformador y revolucionario? 

“La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”, Eduardo Galeano.

Los meses previos al viaje tienen el foco en qué tipo de actividades plantearemos en las cuatro escuelas que visitamos en Huaco y en la de Malimán. Este año fue el turno de los derechos. “Tenemos derecho a decir que no”. No sabemos qué dejamos, cuánto plantamos, qué se llevan y cómo se canaliza en el día a día. Pero la respuesta ahí está. Salió. Resulta duro pensarse a uno mismo y una misma. Y más cuando desde una actividad como esta se desprende que niños de entre 8 y 10 se ven en un futuro no siendo felices sino más relacionados con contextos de muerte y violencia.

Logramos entender algunas dinámicas escolares. Y hay lógicas que en la escuela como institución se reproducen y no se rompen: ¿vamos a seguir pensando la educación como reproductora de desigualdades o como una verdadera emancipación? Notamos que entre los alumnos y las alumnas se plasman relaciones de poder de hombres sobre mujeres y de grandes sobre pequeños. Si en la casa se sufre en la escuela se refleja ese sufrimiento contra otros y otras. Y allí hay que rescatar a Paulo Freire en su Pedagogía del oprimido: “El gran problema radica en cómo podrán los oprimidos, que alojan ese opresor en sí, participar de la elaboración de la pedagogía para su liberación”.

Y si estamos más comunicados pero menos informados ahí está Thiago. Porque si tocamos los derechos tal vez nos haya faltado el derecho a la información. Es que a la familia de thiaguito le dijeron que nadie (llámese Estado) puede hacerse cargo de los medicamentos que necesita para tratar su retraso madurativo. Son 4 mil pesos por mes. Estado ausente, derechos torcidos. Derechos torcidos, desigualdad reinante. La ruleta de la vida que continuará jugando con cada persona. Como si estos niños y estas niñas no interesasen. “Otra opción es sacarle el certificado de discapacidad, pero a los gobernantes no les conviene porque eso significaría que viaje gratis, que se realice el tratamiento gratis (algo que es ley)”.

“Los medios manipulan todo”. Tal vez no haya otras mejores cuatro palabras que estas desprendidas de una charla con docentes de la secundaria de Cantoni. Porque en Jujuy cierran profesorados y nadie se entera. En San Juan los están cerrando y los medios masivos de desinformación comunican y operan pero no informan. Las puertas que en el Proyecto pensamos cómo abrir, desde los lugares de privilegio las cierran. ¿Qué significará para un pibe y una piba de entre 17 y 19 años irse de sus casas y dejar todo? ¿Cuánto empujarán las alas de los sueños para salir de ese círculo de la gendarmería y la minería?

En esta cultura del abrazo, que sin dudas nos hace crecer como personas y nos humaniza, entendemos que acompañar es abrazar, es respetar los silencios, es sonreír y es compartir. Es comprender constantemente que hay otra persona al lado, que viajar juntes es mejor que en soledad. Es habilitar un mundo atropellado y pisoteado, por ejemplo, por las mineras que explotan las montañas que inundan el paisaje de Huaco. Las mismas multinacionales que, del total de sus ganancias, se llevan el 98 por ciento a sus países y que el resto queda para los gobernantes de turno. No solo se llevan todo el oro –del cual solo queda el subterráneo- sino que contaminan y saquean nuestros recursos naturales, algo que lo padece la Agrotécnica (la única escuela secundaria que hay) porque cada derrame atenta contra el suelo, los cultivos y cada materia que se practica con el contacto con la naturaleza. “Hasta que no salgamos todos nada va a cambiar y se nos van a seguir cagándonos de risa”. ¿Por qué la tierra no es de quienes la trabajan y sí de quienes explotan a quienes la trabajan?

Comprendimos que proponer es mejor que imponer. Que hay silencios que son salud. Y más cuando se dan a la medianoche, con un cielo tan estrellado que nos invitaba a pensar en todo lo que nos perdemos a diario en nuestra cotidianeidad de apuros.

Si algo entendimos es que estamos vivos y vivas. Las despedidas son esos dolores dulces. Si hubo dolor fue porque nos sensibilizamos en un mundo cada vez más alejado de las emociones. Si nos emocionamos no es porque nos despidamos sino porque sabemos que hay vacíos difíciles de explicar y suplir: “Cuando venía el Mariano Acosta amaba venir a la escuela”. ¿Repensar si dejamos algo? No sabemos si vamos a cambiar al mundo. Lo que sí supimos es que nuestra mirada del mundo cambia en cada aventura. Y que si seguimos soñando es porque la indiferencia no está en nuestro diccionario.

martes, 14 de noviembre de 2017

Los ojos

Ya estábamos en viernes a la madrugada. La fiesta de despedida había dado sus últimos suspiros. Los discursos, llenos de vida y de sensaciones encontradas, dejaron lágrimas y ganas de más. La música ya no sonaba. La transpiración comenzaba a despedirse. El patio era ese lugar de querer seguir un rato más. Es que, claro, los bolsos ya estaban armados. Nos volvíamos en un par de horas. Me fui a sentar en el escalón del mástil. Pensaba que todo había pasado y terminado. Pero no.



“Lucas, ¿mañana te vas?”.

Pri se me acercó y me esbozó, como si nada (¿como si nada?), esas cuatro palabras y un interrogante que era más que eso. No lo soltó de su boca como cualquier palabra que decimos. Se los juro: me habló con los ojos. Tal vez era su boca la que modulaba, pero mirándome fijo a los ojos me clavó –en el corazón- esa pregunta. Había levantado la mirada y esos ojazos enormes fueron más enormes aún. Ella sabía que después del mediodía nos venía a buscar el micro para regresar. Prisci entendía que el Proyecto y esas revoluciones de corazones y de sonrisas y de abrazos que causa no iba a estar por un año. Priscila lo entendía. Nosotros lo entendíamos. ¿Quién se lo explica al corazón?

¿Qué hacer cuando una criatura te desnuda con sus ojos todo lo que siente? ¿Cómo reaccionar ante una simple pregunta y su connotación demoledora del “ya no vas a estar”? ¿Acaso será que nuestra gran función es la del afecto y las emociones fuertes? ¿Qué significaremos para esos corazones que nos esperan durante varios meses antes de octubre?

Alumna de la primaria en la Escuela Albergue Federico Cantoni, Priscila es el retrato de la necesidad de afecto que urge por esas latitudes sanjuaninas. ¿De dónde es que proviene tamaña insatisfacción? ¿De la familia? ¿De la escuela? ¿De las maestras? ¿Se puede suplir en una semana todo ese menester de cariño? ¿Hacia dónde va una sociedad que le cuesta mirar a los ojos? ¿Hace falta, en esta vida de individualismos y materialismos, viajar a la frontera con Chile para que te den una cachetada y te digan sin decirte que “la vida está en mirarse a los ojos, compartir, charlar, abrazarse, transformar, revolucionar, preocuparse y jugar”?


Llegaba el momento de despedirnos. Ya era viernes, el mediodía quedaba atrás. El micro aguardaba para poner a rodar sus ruedas y regresar a una delegación tan contenta como triste tras una semana tan fuerte como llena de vida y de alegría. Prisci estaba ahí. Huaco parecía descansar. O lamentarse. Intercambiamos abrazos y números de teléfono. Si habrá algo difícil de olvidar, como canta La Renga en el tema En el baldío, será que “con esos ojos tristes que me hablaban” no se puede hacer otra cosa que levantar la cabeza y seguir luchando.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Huaco

Existe un lugar que te humaniza. Existe un lugar en el que mirarse a los ojos, compartir y sonreír le gana por goleada a la pantalla del celular. Existe un lugar, a 250 km. de San Juan Capital y en la frontera con Chile, que el encontrarse y abrazarse es más potente que cualquier otra cosa. Existe un lugar con una necesidad infinita de afecto y de entregar la oreja más que la palabra. En Argentina, lejos del ruido y cerca de las montañas, existe Huaco.

¿Qué será la vida si no es pensar que hay otro? ¿Qué gracia o sentido o adrenalina tendrá si no nos comprometemos? ¿Qué hacemos para transformar las injusticias en igualdad de oportunidades? ¿Estamos por el camino correcto? Huaco nos llenó el alma. Nos llenó de lágrimas y de preguntas y de angustia. Nos enseñó que “la vida está en lo simple, en el mirarse, el encontrarse”.

Huaco fue compartir ocho días con una delegación que se preocupó y ocupó. Fue descubrir personas maravillosas. Fue el “andá a mojarte la cabeza que yo te cubro”. Fue descargar y cargar con 40 grados. El abrazo en el momento justo. Pintar y arreglar. El llanto del reencuentro. El hacer depósito hasta el último día. Fue, el domingo por la noche, olvidarse de los cansancios y las excusas para separar las donaciones por escuela, bailando y sonriendo. Cuando el corazón manda, los peros importan poco.

“Fácil es entender lo nuestro; difícil, lo ajeno”.

Huaco es, ante todo, los chicos y las chicas que le dan un sentido inmenso a esta tarea. Pensar en ellos y en ellas es llenarse de vida y de angustias. A uno de ellos se lo notaba cansado y con sueño. Le preguntamos por qué no volvía a su casa para después regresar a la escuela y seguir jugando. “Porque duermo en el piso”, respondió.

¿Cómo continuar remando contra la corriente y contra un Estado ausente? Desde la gobernación ven más como un GASTO al pibe y a la piba que se queda en el albergue que como una inversión o, como mínimo, una necesidad. Apenas aportan 8 pesos por criatura. No quieren que vayan en el verano a la escuela porque para eso se necesitaría personal y sería otro GASTO. Hay algo claro: cada niño y cada niña que se queda en el albergue es porque en su casa no tiene un plato de comida. ¿Algo más? No son pocos. ¿Más? El diagnóstico de una nutricionista: “Se tienen que acostumbrar a comer”.

Huaco, con una población de alrededor de 850 personas y que año tras año se achica porque quienes pueden se van a capital a estudiar o trabajar y que no tiene altas tasas de reproducción, posee un solo hospital. Y apenas un médico, el cual está de lunes a viernes hasta las 4 de la tarde. El otro destino más cercano es Jáchal, una ciudad que queda a 40 km y una hora y media de viaje. El martes 31 de octubre les llegaron allí medicamentos pedidos hace tres meses. “Es un plan (el de Cobertura Universal) y si te quejás te lo quitan”, fue lo que contó la enfermera. Porque para quienes habitan los lugares de privilegio las personas y sus problemas no son lo primordial. Allí está la influencia de la minera, la cual derramó cianuro dos veces en el último año y tiene con una de las escuelas contrato por $4000, en el cual se detalla dónde se puede comprar y, claro, los precios están inflados. Vivimos en una contradicción constante, en un encuentro de sensaciones entre lo humano y el despojo de la vida.

El primer día de clases, luego de algunos agradecimientos, a la delegación del Mariano Acosta nos leyeron una poesía. Uno de sus versos velaba “por una sociedad más humana”.

Huaco son sus cuatro escuelas: Federico Cantoni, Buenaventura Luna, Alfredo Calcagno y Agrotécnica. Y más que cuatro estructuras edilicias. Allí hay sueños (no pocas veces truncos porque para cumplirlos es necesario irse y la situación económica no es la adecuada para eso). Y ojos que hablan. E historias de vida que merecen ser escuchadas. Hay prácticas abusivas que se repiten. Hay ausencias, como la que se encuentran en cada actividad: “no sé cómo dibujarlo a mi papa”.

En Huaco a veces las cocineras se quedan a comer en el albergue para poder llegar a fin de mes. Las maestras llegan desde Jáchal y, como no hay transporte directo, alquilan ellas mismas una combi que les cuesta 120 pesos diarios. La plata sale de sus bolsillos. Planifican doble porque trabajan en plurigrados.

Huaco fueron las empanadas y las tortas fritas. Ver las estrellas, en el campito, a las 5 de la mañana. La paz del medio ambiente, el sonido de los animales. Fue cada pulserita “para que no me olvides más”. Fue ver cómo el sol pegaba contra las montañas mientras desayunábamos o almorzábamos. Fue la pelota como puente para romper barreras. El juego como método de inclusión. Es la influencia fuerte de la Iglesia Católica y preguntarse qué función cumple más allá de una misa. Fue la confesión de la directora de Cantoni, entre lágrimas, acerca de uno de sus sueños: “La sonrisa de los chicos”.

Queda mucho por hacer. Y, como cantamos, un solo camino: “Seguir, seguir y seguir”.

jueves, 22 de diciembre de 2016

De cuartetos y sueños

“Y ahora solo un camino he de caminar, cualquier camino que tenga corazón”. Chizzo cierra cada recital que obsequia Hablando de la libertad. Resulta difícil pensar la libertad sin los corazones, dejando de lado a este mundo de números, de trabajadores que son apenas una cifra dentro de una empresa, de bolsas que suben y bajan lejos de las sensibilidades culturales. Quizás es que el capitalismo -perdón, quizás no, es así- piense la vida desde lo material, y desde allí la felicidad.


Malimán está lleno de corazones. ¡Y vaya qué corazones! Corazones que sienten y sueñan. Una mesa larga, tan larga como la generosidad de ese pueblo fronterizo con Chile. Un asado que nos esperaba. El olor a perfume se hacía más presente de lo habitual. Nos habían advertido de lo emotivo de esa noche, la última. Pero por más “precauciones” que tomásemos, los ojos se iban a llenar igual de agua.

Sonó Pappo y su Juntos a la par. No desde su voz, sino desde la de cada uno de los chicos. Con un acompañamiento de esas dos guitarras que acompañaron de la mejor manera cada momento del viaje. Y hablamos de los sueños. ¿Por qué tocamos el tema de los sueños? ¿Será porque tiene que ver con la libertad? ¿Tendrá que ver porque esas 16 criaturas, a pesar de las barreras que sufren día a día, nos habrán enseñado infinidad de cosas que tienen que ver más con la vida y los corazones? “Nunca dejen de soñar ni de ser como son.

Levantarse cada día con eso que anhelan porque es lo que les va a permitir vivir”. Y vivir tiene que ver con cuestiones que van más allá del mero hecho de abrir los ojos y respirar.

“Soñar no cuesta nada”, repiten en cada pasillo de la vida. Siento que es despreciar al sueño: o esperan que cueste algo, una especie de mercantilización del sueño, o no le dan ese valor significativo que tiene, ese de caminar por algo, de perseguir caminos, de fallar y aprender. De intentarlo por alguien o una causa.

Nos volvieron locos con el Reggaetón. Era el momento del cuarteto. Rodrigo. Una vuelta por acá y otra por allá. “Esta noche te voy a enseñar a bailar cuartero”. No sé cuánto habrán aprendido, pero que disfrutaron no tenemos dudas. Bailar, soñar, corazones. Muchas cosas lindas juntas lejos de las burbujas del consumismo y el materialismo. Regalos de osos. Demasiadas cuestiones como para seguir creyendo en que cada día nos humanicemos un poco más. De continuar soñando, claro. Porque eso nos permitieron y les permitimos: soñar, volar, ver más allá, movilizarse.

martes, 22 de noviembre de 2016

La regla, la sonrisa y las enseñanzas

¿Cómo se hace para vivir con una sonrisa? ¿Será esa edad de fantasía? ¿Es que con tan solo 9 años nos está enseñando que la verdadera felicidad pasa por el compartir y el sentir y el querer y pensar en el de al lado? ¿Cómo una personita puede estar tan activa, durante todo un día, insistiendo para jugar y mostrarse? ¿Será que nos recuerda, repito, con tan solo 9 años, que en la era de las tecnologías y las cabezas gachas es mejor mirarte a los ojos en vez de estar conectado a una pantalla inútilmente? Ahí está Alejandro, el gran personaje de Malimán.

De ojos altones y una sonrisa que no le cabe en la cara, “El Ale” no conoce de timideces ni vergüenzas. Pareciera que vive más allá de lo que suceda a su alrededor. Jamás se prohíbe un comentario, una opinión o una acotación. Es el centro. El que no paró de vacilar la última noche, entre bailes y revoleo de manos, con anteojos y ante cada canción y su movimiento contagioso. Porque no solo él reía, sino que nos contagiaba.

“A”, “GU”, “GA”. Una y otra vez -y otra vez también- hasta que por fin conectó letras para formar “AGUA”. La seño Susana había escrito esa palabra en el pizarrón. Y Ale, quien figura estar en segundo grado pero recibe una enseñanza como para un alumno de primero, tardó en descifrarla. Los chicos llevan consigo problemas socio-afectivos que se traducen en trabas a la hora de desarrollarse cognitivamente para aprender como se desea. No es que no pueden, sí. Solo bastaba con que se lea un comunicado a la mañana o un cuento en el aula para que este gran pequeño fuese el primero en participar y explicar lo leído. Una capacidad de atención e interpretación asombrosa.

Como para replantearse dónde buscar soluciones a los problemas.

Ale fue el del respeto. El que se quedó hasta el final de la actividad en la que se les enseñó y contó El Principito, esa brillante obra para cualquier edad y momento. El que, con apenas unas horas de habernos conocido, preguntó si tenía “noción”. Quería oler bien antes de ir a cenar. Después, claro, no hacía falta que me volviera a pedir. Sabía que él estaba mirándome detrás, con esos ojos altones que se volvían más grandes aún, esperando que le ofrezca.

“¿Están bien?”, me preguntó el martes de esa semana en la que compartimos no solo espacio sino hasta charlas que fueron más allá de las barreras que nos imponen. Se refería a las zapatillas. Uno aún no había despegado los ojos. Pero él ya estaba ahí, enchufado a mil y advirtiéndonos que su presencia era sinónimo de demanda. No de esas demandas del mercado, sino humana, de cercanía, de demostrarle cariño. De que se sienta un niño. Un niño. Y repetimos “un niño”. Y pensamos: ¿cuántos niños se sentirán realmente niños en un sistema que los trata como objetos y meros consumistas?

No hacía falta que se terminara de poner la red de vóley para exigir que lo suban a caballito y así estar alto. Y claro: disfrutaba cada pelota. Se quedó con una regla, de esas modernas que se doblan como si fueran de goma. Quedamos en que no era para él, sino para que la usen todos. Su recepción fue una mirada fija y un apretón de manos. No tengo dudas de que ahora la deben estar usando todos.


Para el año que viene les daremos revancha en el juego de la silla. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

El talento oculto y el abrazo pendiente


¿Qué es la creatividad? ¿Y la imaginación? ¿Proviene de algo que llevamos dentro o es natural? ¿Tiene que ver con lo innato? ¿Y no podemos pensar que quizás sean cuestiones que tenemos reprimidas que necesitan ser reflejadas en un papel o en el juego o en algún aspecto de la vida que compense esa falta de algo?

“Con esto”, me respondió. Eric estaba tirado en la cama, entre pensando y angustiado, antes de la última cena. Consigo, y una mirada que se notaba profunda, llevaba un cuaderno. “¿Puedo?”, le pregunté para leerlo. Sin mirarme ni responderme me lo cedió. Una agenda o libreta o como quieran ponerle estaba llena de poemas, de descripciones, de declaraciones, de frases de canciones. De sensaciones y sentimientos.

¿Pero cómo había hecho para escribir todo eso? ¿De dónde le salió? ¿De dónde lo habrá sacado? Cuánta ingenuidad. Aquel “con esto” con el que se comenzó el párrafo anterior hace alusión a su mano izquierda llevada al corazón, desde donde provenía cada frase, cada palabra, cada imaginación para esa infinidad de letras. Un talento oculto. Oculto, no para él, sino para alguna comunidad o un gran público que desconoce que esta personita, perteneciente a una familia conformada por 10 personas, posee una capacidad digna para desprenderse de cualquier tipo de prejuicio.

“Nunca pares de escribir. Tampoco de soñar ni de imaginar. No le temas a la hoja en blanco, escribite palabras sueltas y vas a ver que vas a crear una gran historia”.

Nunca quise ser parte de esos ojos vidriosos con los que Eric me miraba en esa habitación, en el fondo de la escuela de Malimán. Es difícil poder controlar esas sensaciones que van más allá de uno. Eri, uno de los tres varones que concurren al colegio albergue Paso de los Andes, es un ser humano lleno de ideas y de ganas de jugar.

Nunca faltó ocasión para que, de mesa a mesa, nos mirásemos y, sin decirnos nada, ya saber que apenas nos levantáramos nos esperaba un partido de ping pong o un partido de fútbol. Lo admito: no hacíamos buena pareja en el llamado tenis de mesa. ¡Pero qué nos importaba! No le gustaba perder a nada (¿a quién sí?), pero los momentos vividos van más allá de cualquier derrota o victoria pasajera.

Ah, también es el que quiere siempre hacer los puntos en el vóley. Qué egoísta, le gritábamos. Nos devolvía todo con una carcajada.

La pelotita iba y venía como esas sonrisas que quedarán por siempre en ese comedor de encuentros, charlas y emociones. 


No pudimos despedirnos. Se fue a acostar en silencio ese ya viernes por la madrugada luego de bailes y timideces y comida de lujo y se tuvo que levantar a las 4 de la mañana porque una conmemoración en Ciudad de San Juan lo esperaba. No sé de cuántas cosas estamos seguros en la vida. Pero hay una de la que sí: de que ese abrazo que nos quedó pendiente, de despedida y de “gracias”, nos lo vamos a dar para dar paso a otras historias y más momento.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Pappo, El Principito y los sueños

 Por Lucas Abbruzzese


A Malimán concurren 16 alumnos. Una combi los pasa a buscar el lunes por la mañana desde sus casas y los deja en la escuela, lugar del que se retiran el viernes por la tarde. 13 de ellos provienen de Rodeo, el pueblo más cercano, a unos 30 kilómetros. Los otros 3, de Pismanta, a 63 km. Hay tanta cantidad de cabecitas que van a la Escuela Paso de los Andes como sueños. 

“A mi me gustaría ser veterinaria”. “A mi, peluquera”. Recibí esas respuestas una noche, después de la cena, en medio de una botella que giraba para ver a quién le tocaba preguntar. En esos rostros se notaban tantas ganas de progresar como un profundo dolor, proveniente porque ya desde chiquitos les hacen conocer sus realidades. Sus verdaderas y tristes realidades: imposibilidad de irse de donde están porque económicamente no pueden, violencia física y psicológica y una cultura del alcohol de la que esas familias ninguna culpa tienen. Es que somos campeones en apuntar con el dedo pero fracasados en pensar en los motivos. ¿O cómo reaccionaríamos cada uno de nosotros si no hizo falta que cumpliéramos 10 años para que nos digan que trabajar en la mina o en la gendarmería es el único escape?

Sin embargo, allí hay sueños. ¿Pero qué son los sueños? ¿Es esa utopía de la que hablaba Eduardo Galeano para incitarnos a caminar? ¿Es lo que nos permite levantarnos todos los días? “Es una locura odiar a todas las rosas solo porque una te pinchó. Renunciar a todos los sueños porque uno no se cumplió”, es lo que aporta Saint-Exupéry en El Principito y lo que quedó inmortalizado a una de las paredes de la escuela de Malimán, allí donde cada año se deja un mural. Murales para romper muros y barreras.

¿Cómo no pensar en los sueños mientras en la mente de todos quedaba ese Juntos a la Par que Pappo nos tocará por siempre? Porque si hay un par hay otro. ¿Y qué pasa cuando hay otro? ¿Preguntamos sobre lo esencial -como se quejaba El Principito- o sólo primero nos queremos saciar los prejuicios y continuar andando a la par de esta sociedad de estereotipos?

“Los ojos están ciegos, es necesario buscar con el corazón”.

Malimán

Por Lucas Abbruzzese


Malimán no tiene señal. Tampoco conoce de asfaltos ni una vida material. Pero Malimán tiene un corazón enorme. Lo que hace a un lugar son sus personas. Y en esta localidad fronteriza con Chile se hallan las descripciones de humildad, altruismo e inclusión.

Malimán está lleno de sueños. Desde la directora hasta sus 16 alumnos. Sueños que desde chicos los ven truncos porque los impedimentos económicos hacen que no puedan viajar para estudiar. La mina y la gendarmería son los dos destinos más factibles para trabajar. Sin sueños no se puede vivir, y estos chicos los tienen a pesar de las dificultades que se las dejan en claro desde sus primeros años de vida. Sus “vidas paralelas” -como nos contaron- pasan entre la escuela y la violencia de las casas, producto del despojo y la imposibilidad de crecimiento.


Es un Estado semi ausente.

Es una comunidad de alrededor de 30 personas, sin hospitales, y con el pueblito más cercano a 13 kilómetros. Es rogar que, ante una emergencia, funcione la radio zonal para que puedan comunicarse con los servicios y aguardar la llegada de una ambulancia.

Malimán no conoce de servicios de telefonía, pero sí de maestras con un corazón enorme que luchan y planifican a cada hora dentro de un contexto de plurigrados y de consecuencias de bajo rendimiento producto de las dificultades socio-afectivas.

Malimán, a casi 300 km. De Ciudad de San Juan, es la vista a la Pre-Cordillera. Es que nunca dejen de llamarte “usted” a pesar de que, durante cada hora en toda una semana, se hayan roto cientos de barreras de conocerse, de jugar, de timidez.

Malimán es que Doña Mercedes, una de las cocineras de lujo, te pregunte si querés sopa después de comer y hasta repetir. Y no sólo eso, sino que casi que se enoje por no aceptar.

Malimán es que Alejandro, una criatura hermosa y pura de 9 años, te pregunte si sus zapatillas están bien para ponérselas cuando uno aún no despegó los ojos. O que a la noche venga y te pida “noción” para ir a cenar con rico olor.

Malimán es el cuidado de la tierra. Es estar atentos constantemente a que la Barrick no derrame veneno. Quizás eso no sea lo peor, sino lo que viene después. Y eso que llega luego es que un Ministro vaya y le diga a la directora: “Tómese dos vasos de cianuro y va a ver que no le pasa nada”.

Malimán es el izamiento de la bandera con los cerros y las montañas que aún conservan nieve ese un invierno crudo de fondo.


Malimán fue -es y será- estar subidos en el techo de la iglesia antes de la medianoche, buscando formas entre las miles de estrellas y esperando esas fugaces que pasan tan rápido como el viento Zonda pega a cada momento.

Malimán fue cada guitarreada mientras el sol se escondía. Eran esos silencios con mucha música. Cada mate que circulaba con charlas, conocimiento y afectos.
Fue el abrazo en el momento justo.

Malimán fue la enseñanza de que, para hablar, siempre, antes hay que conocer. Es despojarse de cada juicio previo.

Malimán fue organizarse para deliberar cada actividad a organizar y qué paso dar. Fue entender que un grupo funciona mejor que la soledad.

Malimán fue llenarse de felicidad, de angustias, de afecto, de lágrimas, de salirse un poco de la burbuja en la que vivimos constantemente, inmersos igualmente a pesar de lo que intentemos cada día.

Fueron los “gracias”, los respetos y los tiempos.
Fue ir Juntos a la par.