martes, 14 de marzo de 2017

El Indio, la vida humana y los intereses

-Una crónica desde lo vivido, sentido e informado (y desinformado) de lo que pasó en Olavarría durante el sábado.

“Cierta gente de mierda (debería puntualizar: PODEROSA gente de mierda) se regodearía si alguien sale lastimado. Cuidemos al que está al lado”. Esto -así, tal cual, con esos paréntesis y mayúsculas- escribió y pidió y exigió el Indio Solari en la semana previa al recital que iba a brindar el sábado 11 de marzo. Quizás intuición política tras más de 40 años de trayectoria, tal vez olfato desde la experiencia por los días políticos y duros que se viven, posiblemente un mensaje para las cientos de miles de personas que ya estaban llegando para verlo una vez más.

El reloj apenas pasaba las 8 de la mañana cuando comenzamos la expedición. 350 kilómetros por delante. Diez horas de viaje. Y a caminar -y vaya que caminamos-. Hay que vivir eso para sentir ese clima de fiesta, de mucha solidaridad y acompañamiento. De vecinos que iban desde la curiosidad hasta el aprovechamiento de la ocasión para armarse un local improvisado y vender mientras esa multitud que caminaba tranquila hacia el predio rural La Colmena. Y acá una primera falla organizativa: no había señalizaciones ni gente de la organización que indicase caminos. Peor fue la salida, algo incontrolable, con caminos cerrados y marea humana.

Hay un problema que es cultural y es que la droga nos está matando. Y que el alcohol nos está sacando todo de foco. Y esto no es problema del Indio ni de su productora ni de la ocasión: es social, es el lucro con la vida humana. Como consecuencia de esto, no podemos entender estos eventos masivos -ni la vida cotidiana, como puede ser ir a bailar cada fin de semana- sin mamarnos o droga que circule. Ha entrado con todo y de lleno en un sistema es el que la deshumanización está en puntos altísimos.

Ezequiel Galli es el intendente de Olavarría y uno de los 65 jefes municipales que asumieron tras la asunción de Mauricio Macri. “Como mínimo esperamos 200 mil personas. Dentro de la municipalidad se generaron apuestas porque algunos dicen que vendrán 300 mil”, expresó, así, entre risas, Galli. Es decir, un número, como si quienes iban a concurrir a su localidad fuesen máquinas y no vidas humanas. Y aquí se nos desprende otra arista: la ausencia del Estado. Cuando facturar está primero que gestionar, las consecuencias están a la vista. Cuando abaratar costos -y acá sí entra el Indio y la productora- es algo que se pone en juego, lo incontrolable (¿es posible, en una sociedad organizada, controlar a cientos de miles de personas que se reúnen?) se torna un caos.

“No es un público que le digas ´está todo vendido´ y se quedan en la casa”, había expresado el Indio en una entrevista luego hecha documental que le hizo Mario Pergolini en marzo del 2016.

Dos muertos. Está confirmado que no fue como consecuencia de las avalanchas -se sabe, hay que decirlo, que esa marea de gente fue solo en los primeros metros que le siguieron al escenario, estando en el resto del predio con comodidad-. Ambos ya estaban en el hospital cuando empezó el show. Quienes aprovecharon e utilizaron cualquier mentira para pegar y criticar se fueron quedando sin argumentos. Porque violencia es mentir. Y mentir es lo que hacen los medios masivos de (des) información, esos mismos que fueron a Olavarría recién el domingo por la mañana (y nosotros, parados en la ruta por un desperfecto en la combi, veíamos cómo pasaban los camiones televisivos) porque, está claro, el morbo era más grande que ir a cubrir un recital sin precedentes.

Hay que tener cuidado con las palabras utilizadas y la búsqueda de culpables y la continua ola de aciertos y verdades en la que parece que vivimos y tenemos. No faltó quien haya esbozado que a estos dos chicos los mató el Indio o el rock como a Walter Bulacio. Omitieron - ¿por nula información o por interés y aprovechamiento? - que a Walter, en un show en 1991 de Los Redondos, lo mató la policía, cinco días después del recital, en la comisaría luego de haber sufrido torturas.

Ya habíamos pasado las 10 de la noche. Las luces se encienden, el artista y su campera roja aparecen. Y se da rienda suelta a “Barbazul versus el amor letal” (¿se habrá elegido este tema para comenzar justamente porque en Tandil, el año pasado, tras zapatillas que volaban mientras sonaba El Dios de la prisión se suspendió el tema?). Hay que estar. Hay que vivirlo. Hay algo especial alrededor del Indio. Todo en la vida no se puede explicar. Existe una mística que difícilmente se pueda apreciar en otro lado.

Más allá de grandes ratos como “Nuestro amo” o “Ropa Sucia”, el recital, acortado y modificado como consecuencia de los desmayos producidos en los primeros metros, ahondó mayormente en temas lentos. Se entendió el contexto y desde el escenario se evitaron peores consecuencias. La responsabilidad está detrás del escenario, en el armado de todo esto. Está en, por ejemplo, la productora y organización -de la cual el Indio es parte-, quien fogoneaba con que se iba a vivir algo único en la historia y con más de 300 mil personas, cuando sabían que en el predio entraban 100 mil menos. Se vendieron más entradas de lo permitido. También empezamos a perder cuando no pocos quieren ser más protagonistas que el verdadero protagonista.

“El Estado no puede ser penal antes que social”, fue una de las frases que dejó el Indio Solari cuando paró el recital no por problemas sino para dejar un mensaje por los días en los que vivimos. Se refería a la idea que tienen los Diputados y Senadores de bajar y apuntar a los niños y niñas de 14 años la edad de imputabilidad. Fue luego de apoyar a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en su búsqueda incansable e incesante sobre la identidad de los nietos e hijos aún no recuperados.


Existe una estigmatización marcada hacia el movimiento que es el rock y a una clase social –por cierto, no aquella conformada por esos poderosos que se regodearían de si alguien salía lastimado- que es muy clara y perversa. Vivimos en un sistema en el que la vida humana vale poco, en el que somos números o solo cabecitas tomadas por drones. Quizás el día en el que entendamos que somos alguien solo por el hecho de ser, de sentirnos vivos, algo cambie. Y acá no se salva nadie.

jueves, 2 de febrero de 2017

Saber jugar para saber correr

“El fútbol es un juego de vitalidad cerebral que necesita de la vitalidad física”. La firma de esta frase le pertenece a Dante Panzeri, quien desde sus lugares luchó contra lo que al fútbol estaba llegando: un conjunto de especialistas en cuestiones atléticas que poco sabían del deporte más popular del planeta. En nombre del negocio y de ser serios (¿qué significará ser serio en esta vida llena de miedos y de consumo y de mensajes que lo lúdico dejó de ser parte de la vida de un jugador?), una maquinaria llegó al fútbol.

Y se instaló. Y correr empezó a ser más importante que jugar. Y las palabras raras despojaron a los idóneos y conocedores. Y los carrileros desplazaron a los enganches. Permanecer comenzó a ser más importante que saber. El qué derrotó por goleada al cómo. Los escritorios le robaron fama a la pelota. Los millones, sonrisas al futbolista.

Andrés D´Alessandro regresó con 35 años a River y se fue con 36. Arribó a Núñez, casi en una operación secreta, en el verano pasado. Y durante un año fue el que más clara la tuvo. Lejos de que a esa edad no se puede jugar y que en el fútbol argentino te comen los talones, quien portó el número 22 en la espalda demostró que sí se puede porque la pelota es lo más importante. Y la cabeza, claro. Y su cabeza iba más adelante que la del resto. Conocer el juego es infinitamente más importante que correr kilómetros para vaya a saber uno qué.

Su pico de rendimiento fue en el Superclásico de diciembre que Boca terminó ganando 2-4. La rompió. Su salida coincidió con la levantada del rival, desde donde se llegó a decir, ante los micrófonos, que “la salida de D´Alessandro fue clave y nos favoreció”. Manejar los ritmos de un partido, que la bola vaya más rápido que las piernas. Una pisada vale más que mil metros. En un fútbol en el que todos parecen correr desenfrenados, él aportó pausa. Y, sabemos, al fútbol sin pausa no se puede jugar. Escasea el freno, la tranquilidad, el pensar.


En este fútbol físico, de músculos, de gimnasio es necesario reivindicar a los D´Alessandro. Y como a él, a un, por ejemplo, Riquelme. En esta lista aparecen los Xavi y los Iniesta. Habría que repasar en las estadísticas de “kilómetros recorridos” (¿para qué sirven?) qué tan abajo están en la tabla. Los números que nunca aparecen son las de influencia en el juego. Son los que entienden que entender lo de espacio, tiempo y precisión es más importante que correr. D´Alessandro ya no está, River correrá ahora más porque tendrá menos la pelota. 

martes, 24 de enero de 2017

"Sin offside el fútbol sería un hormiguero"

Marco Van Basten fue un goleador único. Holandés y diestro, fue de esos centrodelanteros que todo lo sabían en el área. De esos con una gama de recursos inigualables para definir. Actualmente ejerce el cargo de director de desarrollo técnico de la FIFA (sic). “En pos de querer mejorar el juego”. Al menos así lo aseguran quienes no paran de crean puestos para seguir viviendo del fútbol, eso que cada vez parece jugarse más en las oficinas que en el césped.


Van Basten fue eje de críticas por querer abolir la ley del offside. Una de las que se rescatan, indudablemente, es la del Flaco Menotti: “el fuera de juego es lo que te hace pensar”. ¿Se imaginan si no existiese esta regla? ¿Para qué se achicaría? Cada jugador debería ocupar hectáreas de cancha. Estaríamos hablando de otro juego.

Todo momento, cada rato es propicio para citar a Dante Panzeri. Esto escribió en 1967, junto con Carlos Peucelle, en su Fútbol, dinámica de lo impensado; una especie de biblia futbolística y periodística obligatoria, acerca del fuera de juego:

“La desproporción numérica entre el ataque y la defensa era compensada por la ley del offside. La antigua ley sólo permitía al delantero estar en juego teniendo tres jugadores entre él y la línea de gol. En este sistema no era necesaria la marcación estricta sobre los delanteros. Con solo adelantarse un zaguero lograba fácilmente colocar en posición de offside a los delanteros. Sin offside el fútbol sería un hormiguero.
“Esta manera de jugar redujo los goles, siendo muchos los partidos en que no se abría el score. En el año 1925 se enmendó esta deficiencia del reglamento. La Internacional Board modificó la ley del offside de tal manera que bastaba la presencia de dos jugadores para estar habilitado el atacante.

“Con la modificación se aumentaron las posibilidades del ataque y también era necesario buscar un medio para reforzar la defensa sin debilitar el ataque. Ello dio lugar al surgimiento de nuevos sistemas”.

viernes, 13 de enero de 2017

Jugar

Una de las aristas que se desprenden al hablar de la dinámica es la forma de llevar a cabo algo, lo activo que se está para emprender alguna actividad o momento o viaje. Entonces, cuando nos referimos a Malimán, es insoslayable que la dinámica es la del juego. Jugar.


Jugar rompe barreras.

Jugar todo el tiempo, de eso se trata. Y no precisamente jugar para pasar el tiempo, sino pasar el tiempo jugando. Es levantarse y que Ale te tire, como si nada, “¿hoy vamos a volver a jugar?”. O que Eri, en medio de una charla, pare y te pregunte “¿sabés jugar a…?”. Y que Néstor, casi como una piedra, no sonría salvo hasta que se comenzaba un partido de ping pong. O, también, cuando las chicas te pedían bailar o te desafiaban. El baile tiene que ver con lo lúdico.

Es que los ratos valen más cuando se juega. No se trata solo de moverse un rato: en el juego hay una combinación de creatividad, imaginación, contextos y risas que son insuperables. Es apreciar y entender que hay un otro, que se puede perder, que hay que aprender a caer para crecer. Que ir en equipo es mejor que ir solo. O, al menos, Juntos a la par.

Jugar y Malimán van de la mano, son como dos amigos inseparables que están todo el tiempo conectados. Se necesitan mutuamente. Es olvidarse por muchos ratos de esas realidades difíciles, de esas violencias que opacan sus creatividades y no permiten florecer esas sonrisas que valen y dicen mucho.

Jugar es no olvidarse nunca de que jamás dejamos de ser niños.

¿Será que los alumnos en las aulas se aburren cada vez más porque se juega cada vez menos? ¿Será que el futbolista, dentro de su profesionalidad, se ha olvidado de disfrutar porque ya no está eso de “vamos a jugar a la pelota” y si ir a trabajar? Pensar, reflexionar sobre la palabra jugar. Es inclusión, es que el tiempo pase pero en realidad no, es compartir, es amistad. Amistad. Eso. ¿Cuántos amigos nos hicimos por jugar? ¿Cuántos por permanecer a un mismo club?

Me permito un paréntesis. Permítanmelo: Ale, mirá la foto, ni Jesús nos pudo alcanzar esa tarde en el juego de la silla. Este año, te lo aseguro, les damos revancha. Mis hombros extrañan enormemente tus “dale Luca, subime”.


Malimán, ese pueblito casi perdido entre montañas y la Precordillera, es entender que el juego es sinónimo de risa. Porque hay que ver sonreír a esos chicos. Pff. Hace falta reír más para sobreponernos a muchas cuestiones. Y muchas veces no encontramos excusas más que el juego para que los labios se expandan y los cachetes se inflen. Es que, claro, estamos jugando.

martes, 10 de enero de 2017

El instante, el tema y la piel de gallina


No sabíamos qué canción tocaba este año (2016). Nos reunimos. Es que en y durante las reuniones -o asambleas, como quieran llamarlas- decidíamos cada paso a dar y seguir. Hubo una comunión de grupo enorme. No es casualidad que post viaje casi que no haya habido fin de semana en el que no nos hayamos visto.

Se eligió Juntos a la par, de Pappo (cómo extrañamos a Pappo). ¿Cuántas veces nos ponemos a reflexionar verdaderamente sobre las letras de las canciones? ¿Existe ese instante? "Nada como ir juntos a la par". Pff. ¿Habrá instancia para reconocer la profundidad de esas siete palabras seguidas y combinadas unas tras otra? Creo que no. O creo que sí. Bah, no sé. Allí hay algo de sueños.

Ir a la par. Con un/a otro/a. "Y caminos desandar". "Y caminos desandar". "Y caminos desandar". Sí, tres veces. Porque desandar los caminos es atreverse. Ir e intentarlo. Fallar y regresar para jamás dejar de perseguir ese sueño. Lo instalado está en nuestra cotidianidad. Queda en nosotros desandar esos caminos prejuiciados.

Pero volvamos a eso de los sueños. ¿A cuántos de nosotros se nos han pasado por la cabeza vaya uno a saber cuántos deseos o anhelos o sueños o ganas mientras cantábamos, recitábamos, practicábamos Juntos a la par? Va adjunto un video, recuerdo de ese primer día en el que nos juntamos y juntos, claro, dimos a conocer el tema para ensayarlo. Había que ver esas caras.

"Anoche se me puso la piel de gallina mientras cantábamos", nos dijimos al otro día al reunirnos. No faltaron infinidad de "sí, a mí también". Y esos momentos no fueron planificados ni premeditados. Se dieron. Una muestra más de que en esta vida lo más lindo está lejos de aquello en lo que ya se sabe que va a pasar. Pasó en Malimán, un miércoles perdido de octubre. ¿Perdido? No, lleno de sensaciones y emociones. De sentir. De vivir.

jueves, 22 de diciembre de 2016

De cuartetos y sueños

“Y ahora solo un camino he de caminar, cualquier camino que tenga corazón”. Chizzo cierra cada recital que obsequia Hablando de la libertad. Resulta difícil pensar la libertad sin los corazones, dejando de lado a este mundo de números, de trabajadores que son apenas una cifra dentro de una empresa, de bolsas que suben y bajan lejos de las sensibilidades culturales. Quizás es que el capitalismo -perdón, quizás no, es así- piense la vida desde lo material, y desde allí la felicidad.


Malimán está lleno de corazones. ¡Y vaya qué corazones! Corazones que sienten y sueñan. Una mesa larga, tan larga como la generosidad de ese pueblo fronterizo con Chile. Un asado que nos esperaba. El olor a perfume se hacía más presente de lo habitual. Nos habían advertido de lo emotivo de esa noche, la última. Pero por más “precauciones” que tomásemos, los ojos se iban a llenar igual de agua.

Sonó Pappo y su Juntos a la par. No desde su voz, sino desde la de cada uno de los chicos. Con un acompañamiento de esas dos guitarras que acompañaron de la mejor manera cada momento del viaje. Y hablamos de los sueños. ¿Por qué tocamos el tema de los sueños? ¿Será porque tiene que ver con la libertad? ¿Tendrá que ver porque esas 16 criaturas, a pesar de las barreras que sufren día a día, nos habrán enseñado infinidad de cosas que tienen que ver más con la vida y los corazones? “Nunca dejen de soñar ni de ser como son.

Levantarse cada día con eso que anhelan porque es lo que les va a permitir vivir”. Y vivir tiene que ver con cuestiones que van más allá del mero hecho de abrir los ojos y respirar.

“Soñar no cuesta nada”, repiten en cada pasillo de la vida. Siento que es despreciar al sueño: o esperan que cueste algo, una especie de mercantilización del sueño, o no le dan ese valor significativo que tiene, ese de caminar por algo, de perseguir caminos, de fallar y aprender. De intentarlo por alguien o una causa.

Nos volvieron locos con el Reggaetón. Era el momento del cuarteto. Rodrigo. Una vuelta por acá y otra por allá. “Esta noche te voy a enseñar a bailar cuartero”. No sé cuánto habrán aprendido, pero que disfrutaron no tenemos dudas. Bailar, soñar, corazones. Muchas cosas lindas juntas lejos de las burbujas del consumismo y el materialismo. Regalos de osos. Demasiadas cuestiones como para seguir creyendo en que cada día nos humanicemos un poco más. De continuar soñando, claro. Porque eso nos permitieron y les permitimos: soñar, volar, ver más allá, movilizarse.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Mandela, el hombre que unió a través del deporte

Gracias a la Copa del Mundo de Rugby de 1995, evitó una guerra civil en su país. "Se dio cuenta de que el deporte podía producir un sentimiento de unidad entre los sudafricanos", cuenta Porta, por entonces embajador argentino en su país. Un recuerdo de Nelson Mandela, el ex presidente que falleció a los 95 años y entendió como pocos al deporte como herramienta de transformación.


"Logró seducir a sus enemigos en el país más dividido del mundo. El rugby hizo que blancos y negros peleasen por un objetivo en común". De esta manera, una de las más resonantes y que mejor muestra al líder revolucionario, lo describe John Carlín, periodista inglés que estuvo muy cerca de Nelson Mandela en la transformación sudafricana, como enviado del diario The Independent.

El comunicador, años más tarde, escribió el libro El factor Humano, cuyo contenido retrata a la perfección la forma y el cómo el ex mandatario logró conquistar a una nación a través del deporte.

Estuvo 27 años como preso político. El 11 de febrero de 1990 salió en libertad y un año más tarde logró que se votase la derogación del Apartheid, la ley que desde 1948 prohibía, entre otras cosas, que los negros votasen y que circulasen libremente por las calles de la República de Sudáfrica, y cuyo significado es separación. Mandela, el 10 de mayo de 1994, juró como presidente sudafricano, convirtiéndose así en el primer mandatario negro del país.

Una de las primeras decisiones que tomó fue citar en su despacho a Francois Pienaar, el entonces capitán de los Springboks, equipo sudafricano de rugby. Le expresó, ante  la sorpresa del rugbier, que tenía todo su apoyo. La escena quedó plasmada en la película Invictus; basada en el libro de Carlín y estrenada en 2009. El film muestra a Mandela antes, durante y después de la obtención del título de Sudáfrica del Mundial de Rugby de 1995, del cual fue el anfitrión. "El deporte tiene el poder de cambiar al mundo, la capacidad de inspirar y unir a las personas de un modo que pocos consiguen", fue una de sus frases que expresó Morgan Freeman, actor que encarnó al ex presidente, una de las figuras más resonantes del Siglo XX.

Uno de los primeros pasos deportivos que dio Sudáfrica para mostrarle al mundo que algo estaba cambiando fue volver a los Juegos Olímpicos luego de 32 años. Fue en los de Barcelona 1992, en los cuales obtuvo dos medallas. Pero el Mundial de Rugby fue el hecho de unión que causó que en Sudáfrica no se ejecutase una Guerra Civil, estado al que se había llegado porque el gobierno anterior a Mandela apoyó y creó el Inkatha, un movimiento de conflicto bélico que causaba que los negros se matasen entre ellos en los diversos guetos, con la Policía como principal cómplice. "Una vez tras otra se repetía la historia. Los agentes confiscaban armas a los nuestros y al día siguiente la gente de Inkatha nos atacaba con esas mismas armas", recordó en varias situaciones el expresidente.

El deporte de la ovalada era tomado como un símbolo de la opresión hacia los negros, quienes no querían que su seleccionado ganase debido a la representación blanca que tenía. De hecho, Chester Williams era el único negro integrante del plantel que ganó el Mundial. En la semifinal del certamen se produjo un vuelco: tras el triunfo agónico contra la poderosa Francia, los negros estaban más felices y contentos que los blancos. La posterior victoria en la final contra Nueva Zelanda hizo florecer la unidad y que no sólo Sudáfrica sea campeón de un deporte, sino que se consagrase el fin de una época de diferencias, de creer en diferencias de razas. "Fue el día más feliz de su día, más que cuando salió de la cárcel", aseguró Carlin.

Mandela no quería un Apartheid para blancos, sino la unidad de todos para sacar al territorio africano adelante y vencer a la discriminación y al racismo. Jamás quiso que los negros obtuviesen más beneficios que los blancos, sino que todos fueran iguales ante la ley y tuvieran las mismas posibilidades. Un humanista que enseñó. Desde esa mentalidad creció su popularidad y logró convencer a los demás de que ganarle a las diferencias era tener un fin común. Adolf Hitler había utilizado los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 para hacer propaganda del partido Nazi. Los militares argentinos que tomaron el poder utilizaron el Mundial de Fútbol de 1978 para "mostrarle al mundo que somos derechos y humanos". Mandela fue el hombre que usó al deporte para la unificación y sacar el mejor rédito para una nación. Por eso su legado sobrevivirá para siempre.

Mandela y la Argentina


Hugo Porta, uno de los mejores jugadores en la historia de Los Pumas, fue nombrado por Carlos Menem, entonces presidente argentino, como embajador extraordinario desde 1991 a 1995 para volver a entablar relaciones con Sudáfrica, desechas en 1986 en repudio al Apartheid. Y el deporte, otra vez, se anotó como actor principal. "A mí me tocó restablecer las relaciones diplomáticas entre ambos países. Fue un honor. Lo acepté porque creía que podía aportar algo. Tuve la posibilidad y el privilegio de vivir los cuatro años de transición y el cambio fundamental del país que es Sudáfrica hoy", aseguro Porta al ser consultado.

"No hay ninguna duda de que Mandela ha tenido una inteligencia privilegiada. Se dio cuenta de que el deporte podía producir un sentimiento de unidad entre los sudafricanos. Un ejemplo de ello y de la unidad que quería fue el mensaje que él manda entrando en la final de la Copa del Mundo con la camiseta número 6 de los Springboks, que era un emblema blanco", expresó el que fuera uno de los más grandes aperturas nacionales.

En 1994 Los Pumas viajaron a Sudáfrica para una serie de partidos contra los Springboks. Un año más tarde, el 13 de mayo de 1995, se organizó un partido de fútbol en Johannesburgo, en el cual Argentina y Sudáfrica igualaron 1-1 con un gol de penal de Marcelo Gallardo. "El amistoso fue muy importante porque celebramos el primer aniversario como mandatario y porque se jugó en el estadio Ellis Park, un bastión de los blancos. Los deportistas argentinos siempre son embajadores. Fuimos nosotros lo que propusimos hacerlo", agregó el exembajador, quien contó cómo mantiene su relación con el revolucionario tras los vínculos diplomáticos: "La sigo teniendo porque soy miembro del Laureus, una Academia Nacional del Deporte de la cual Mandela es presidente honorario y que tiene como función usar al deporte como una herramienta de cambio social".